Por Yolanda Urbano
En un sector olvidado de la ciudad, donde las necesidades parecen multiplicarse cada día, dos mujeres han decidido convertir la fe en acción. Desde hace cinco años, Carolina Salas y Amparo Araujo dedican gran parte de su tiempo a enseñar, orientar y acompañar a decenas de niños que encuentran en ellas una oportunidad que muchas veces no hallan en ningún otro lugar.
Lo que comenzó con apenas diez estudiantes se ha transformado en una sala de tareas que hoy atiende a unos 82 niños y adolescentes de entre 7 y 14 años. Algunos enfrentan dificultades de aprendizaje; otros no tienen acceso a internet, materiales escolares o incluso la documentación necesaria para ingresar al sistema educativo formal.
La labor se desarrolla en condiciones que distan mucho de ser las ideales. Sin un espacio propio terminado, las clases se imparten en la vivienda de una de las maestras o en áreas prestadas de la iglesia. Cuando llueve, la rutina se convierte en una carrera contra el tiempo para proteger a los niños, las mesas y las pocas herramientas de trabajo que poseen.
Sin embargo, las limitaciones no han logrado apagar el entusiasmo de quienes cada martes y jueves llegan puntualmente con sus cuadernos bajo el brazo. Muchas veces esos cuadernos están incompletos, los lápices apenas alcanzan para escribir y algunos estudiantes llegan sin haber probado alimentos durante el día.
Para las educadoras, esa es una de las partes más difíciles de enfrentar.
Ver a un niño llegar descalzo o escuchar que en su casa no hay comida les provoca impotencia. Aun así, continúan adelante, impulsadas por la satisfacción de ver cómo muchos pequeños que llegaron sin saber leer hoy pueden hacerlo con seguridad y confianza.
La iniciativa funciona completamente de manera voluntaria. Aunque en algún momento consideraron solicitar una pequeña colaboración a las familias, decidieron no hacerlo. La mayoría de los padres enfrenta situaciones económicas muy complejas, y las maestras entendieron que su misión debía mantenerse abierta para todos.
A lo largo de estos años han tocado numerosas puertas en busca de apoyo. Han enviado comunicaciones a distintas instituciones y han solicitado ayuda para fortalecer el programa y garantizar alimentos para los niños. Hasta ahora, las respuestas han sido escasas.
Pese a ello, la comunidad no ha dejado de aportar lo poco que tiene. Gracias a la donación de un terreno y a la colaboración de vecinos, padres e integrantes de la iglesia, se inició la construcción de un local que aspiran convertir en una verdadera escuela comunitaria.
La obra avanza lentamente. Un bloque aportado por una familia, una funda de cemento donada por otra y jornadas de trabajo voluntario han permitido levantar parte de la estructura. Sin embargo, todavía faltan recursos para concluir pisos, terminaciones y áreas básicas.
Una vez terminada la construcción, el desafío será equiparla. Se necesitarán pupitres, mesas, utensilios de cocina, una estufa y todo lo necesario para poner en funcionamiento un comedor donde los estudiantes puedan recibir alimentos antes o después de sus clases.
Con esperanza y determinación, estas madres y sus estudiantes hacen un llamado al Ministerio de Educación, a Infraestructura Escolar, al INABIE, a los Comedores Económicos y a los sectores solidarios de la sociedad para que se sumen a esta causa y les ayuden a culminar el espacio educativo que tanto necesitan.
Asimismo, solicitan apoyo con la alimentación de los niños y la donación de útiles escolares, ya que muchos de ellos provienen de familias de escasos recursos. Su mayor deseo es que estos estudiantes puedan aprender, crecer y desarrollarse en condiciones dignas, con las oportunidades que merecen para construir un mejor futuro.
Se puede comunicar a través de los números
Carolina Salas 829- 902-8844
Cuenta de Banreservas digital 9608510074 Reina María Salas, Cedula 00106595465
(829) 885-2870 Amparo mejor conocida como Mari



















